Hace algunos días se suscitó en Twitter un debate acerca de la envidia, la pregunta era en torno hacia si la había uno sentido alguna vez y hacia que o quien. Como era de esperarse la mayoría se desmarcó, no se fuera a pensar que nosotros seamos capaces de tal bajeza, por favor. Envidiosos los demás: mis vecinos, los incultos, los nacos, la gente sin principios, los que no participan de este debate, los que no están en Twitter, y en general toda esa bola de personas indeseables que conforman ese lejano grupo de “los otros”. Los que aceptaron sentirla no dejaron de hacerlo en tono burlón para aligerar la culpa y por otra parte el grupo de de los que piensan que si acaso llega a sentir envidia lo hace en esa versión buena onda e inverosímil a la que la gente llama “envidia de la buena”. Acabáramos.
La envidia se podría definir como “el malestar causado por el bienestar ajeno”, luego entonces la envidia es un defecto de carácter, un padecimiento, algo que carcome, no me vengan entonces con su payasada de “envidia de la buena”. ¿O acaso alguien ha oído hablar alguna vez del “cáncer del bueno”?
Considero que a lo que la gente se quiere referir con este raro término es a ese deseo natural y legitimo por igualar o incluso superar de manera honesta los bienes o logros de otra persona. Es mas fácil sentir “envidia de la buena” por alguien bonachón, risueño, carismático y si peor aún si es bien parecido. Pero si acaso la persona en cuestión comete el grave error de no caernos bien entonces si cuídate Juan que ya por ahí te andan buscando. Curiosamente cuando vemos que a ese alguien le está yendo muy bien lo mas fácil es pensar en la manera en que consiguió progresar, nuestra suspicaz mente vuela hacia negocios ilícitos, favores sexuales y demás linduras que mas que hablar de la conducta del otro, habla de la pobreza mental de quien genera estas ideas. ¿Qué si yo he pensado de esa manera alguna vez? Ay por favor, es duda me lastima. Por supuesto que sí.
Por otra parte existe otro tipo de envidia que no anhela los logros ni los bienes de otro, si no seres humanos, si, personas, ¿poseer personas? Pero de que habla este pendejo –piensa el lector- si la esclavitud ya se abolió, no se pueden poseer personas.
Me refiero a los amores de otra persona. Fuera máscaras, voy a preguntarle amable lector y contésteme sinceramente, al cabo que queda entre usted y yo. ¿Alguna vez ha deseado a la pareja de su prójimo?
Yo también, pero despreocupese, pues este es un sentir tan natural y antiguo como la humanidad misma. Si usted profesa o por lo menos conoce la religión católica recordará el mandamiento que ordena “no desearás la mujer de tu prójimo”. No se refiere en si a no desearlo, si no a evitar actuar en consecuencia, pa pronto, es natural que te guste una mujer hermosa la cual muy probablemente ya sostiene una relación con alguien mas, bueno pues que te guste y ya, admírala pero no te obsesiones por que en el pecado llevarás la penitencia, ya que si comienzas a desear obsesivamente y eso te lleva a actuar en pos de realizar tu deseo, te puedes llevar frustración, peligra tu salud mental y física (te pueden matar o peor aun, tirarte los dientes). O en una de esas se te hace, siendo así no hagas caso, seguro todo lo anterior lo escribí por que me das envidia, ya que yo nunca me he salido con la mía, mucho menos con la de mi vecino. Esa si que es envidia de la buena, de la vieja tan buena que tiene mi vecino.
Habrá notado el lector que terminé tuteando, seguramente por que eso ultimo mas que decírselo a usted me lo dije a mi. Leí alguna vez que particularmente este mandamiento fue ideado por quien lo redactó con el fin de evitar enfrentamientos que terminaban en guerras y que todo comenzaba por desear a la mujer de otro. Idea que cuestiona en primer lugar que los mandamientos hayan sido escritos por Dios y dados a Moisés en el monte Sinai. En donde por cierto el mandamiento decía “no desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su asno, ni su buey, ni su criada, ni cosa alguna de tu prójimo”. Ah chingá pues como que con decir “no desearás nada de tu prójimo” o “no envidiarás” hubiera bastado ¿no? Ya desde entonces era medio misógino don Diosito con eso de poner a la mujer y al asno y al buey en el mismo conjunto de bienes de una persona.
En tiempos de la colonia aquí en la Nueva España había un refrán que rezaba “si no se quita el noveno/ y el sexto no se rebaja/ ya podrá Diosito bueno/ llenar su cielo con paja. Señalaba lo anterior que es humanamente imposible el no desear la mujer del otro ni fornicar, “fornicar” es esta manera que tiene la iglesia para nombrar a realizar actos sexuales sin fines reproductivos, como si solo para eso cogieramos las personas. Como si el erotismo –cualidad de los humanos- fuera una aberración.
Para terminar, (al fin -pensó aliviado el lector- como se cuelga este wey) la envidia es un defecto de carácter, la iglesia los llama pecados, pero no son otra cosa que instintos humanos fuera de control, cosas con las que nacemos y que en la medida en que no nos dejemos dominar por ellos seremos íntegros, felices y entonces si, la chulada de personas que ya desde ahorita creemos ser. Ya lo dijo uno de esos próceres que se dedicaban en sus ratos libres a decir frases celebres “El que domina a los demás es fuerte, el que se domina a si mismo es invencible”